La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

 

 

Un maestro tenía un alumno muy aventajado en las cosas del espíritu. Continuamente le estaba haciendo preguntas inquietantes.

 

-           Maestro, ¿no tiene dudas de Dios?

-           Muchas – le contestaba.

-           ¿No tiene ahora?

-           No, ahora no tengo ninguna.

-           ¿Cómo lo ha logrado?

-           Sencillamente no planteándome ninguna.

-           ¿Y se siente feliz?

-           Como nunca me había sentida hasta ahora.

 

Mira, amigo discípulo, he resuelto todos mis interrogantes. He dejado, en parte, que funcione mi mente en exceso para darle más entrada al corazón.

 

Éste comprende el amor de Dios. Y para amar, no hace falta comprender.

 

Dejo que Dios actúe a su aire en mi vida. Y me va estupendamente. He adelantado a pasos agigantados por la senda del bien. He subido al monte del Señor dejándome labrar por Él.

 

En su recinto sagrado siento su cariño y su encanto. Ya no hay en mí mentira, sino amor. Eso es todo.

 

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a los judíos: "Yo soy el pan vivo que ha bajado del cielo; el que coma de este pan vivirá para siempre. Y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo."

 

Disputaban los judíos entre sí: "¿Cómo puede éste darnos a comer su carne?" Entonces Jesús les dijo: "Os aseguro que si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día. Mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre habita en mí y yo en él.

 

El Padre que vive me ha enviado, y yo vivo por el Padre; del mismo modo, el que come vivirá por mí. Éste es el pan que ha bajado del cielo; no como el de vuestros padres, que lo comieron y murieron; el que come este pan vivirá para siempre."

 

(Juan 6,51-58)

 

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