La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

 

 

La poda es algo muy frecuente en el campo.

Campesinos y hortelanos son diestros en ella.

Incluso en la ciudad,

los amantes de los árboles y de las plantas

las podan en tiempos señalados.

Obtienen así ejemplares más bellos, más fuertes, más sanos...

Pero con ser una operación tan corriente,

necesaria y positiva,

nos resulta una energía extraña,

cuando no una anti-energía o muerte.

 

Sin embargo, la poda es ley de vida y crecimiento

de las plantas,... de las personas y de los grupos.

Controla, encauza y orienta las fuerzas;

impide la dispersión, da nuevas energías.

Nos hace crecer y ser nosotros mismos.

Nos poda el Padre, eso dices Tú.

Poda a los que dan fruto, para que den más.

Nos poda a los que bien nos quiere.

Nos corta las alas de la soberbia y de la comodidad

que nos impiden dar fruto y malgastan energía.

¡Corta brotes "naturales", que parecen ser expresión de vida,

para que demos más y mejor fruto!

 

Nos podan los amigos, el grupo, la comunidad,

a través de relaciones claras y fraternales;

a través de la ayuda, la crítica y la exigencia.

Nos podan cuando ponen en crisis

nuestro estilo de vida y escala de valores;

cuando nos hacen afrontar las incoherencias

y zonas oscuras de nuestro ser.

Algunos se podan a sí mismos para dar más fruto.

Saben decir no a ciertas cosas.

Saben renunciar a bienes positivos y objetivos dignos

para conseguir bienes mayores y tesoros escondidos.

¡Dichosos esos hombres y mujeres!

 

Dichosos los que viven con ellos, porque participan de su fruto.

La mayoría de las podas vienen sin buscarlas.

Las trae la vida cuando menos lo esperas;

son podas involuntarias, imprevistas, a veces duras y dolorosas,

y no siempre las aceptamos como algo positivo.

Involuntaria o voluntaria

a tiempo o a destiempo,

asumida o rechazada,

la poda es el secreto

de las personas que se han hecho fuertes,

de los hombres y las mujeres que dan fruto,

de quienes tienen vida.

 

¡Pódanos, Señor!

 

¡Pódame, Señor!

 

 

 

En aquel tiempo, dijo Jesús a sus discípulos: "Yo soy la verdadera vid, y mi Padre es el labrador. A todo sarmiento mío que no da fruto lo arranca, y a todo el que da fruto lo poda, para que dé más fruto. Vosotros ya estáis limpios por las palabras que os he hablado; permaneced en mí, y yo en vosotros.

 

Como el sarmiento no puede dar fruto por sí, si no permanece en la vid, así tampoco vosotros, si no permanecéis en mí. Yo soy la vid, vosotros los sarmientos; el que permanece en mí y yo en él, ése da fruto abundante; porque sin mí no podéis hacer nada.

 

Al que no permanece en mí lo tiran fuera, como el sarmiento, y se seca; luego los recogen y los echan al fuego, y arden. Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid lo que deseáis, y se realizará. Con esto recibe gloria mi Padre, con que deis fruto abundante; así seréis discípulos míos."

 

(Juan 15,1-8)

 

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