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Tu palabra, Señor, es evangelio
anunciado en los confines de la tierra.
Está en la Escrituras, está en los pobres,
se siembra en otoño y brota en primavera.
Tu palabra, Señor, llegó a nosotros
con esperanza nueva,
como un grito en la noche
que alerta al centinela.
Tu palabra, Señor, la transmitieron
nuestros padres a sus hijos.
Hoy queremos que se encarne
en nuestros entresijos.
Tu palabra, Señor, es fuerza y lucha,
es sal, es luz y es levadura.
Es paz en armonía,
es convocatoria juvenil
que invita a la alegría.
Bendita es la palabra del Señor,
proclamada en comunidad de hermanos.
Cantad un cántico gozoso
y aplaudan calurosas nuestras manos.
Casiano Floristán |
“Excelentísimo Teófilo:
Muchos han emprendido la tarea de componer un relato de los hechos que se han verificado entre nosotros, siguiendo las tradiciones transmitidas por los que primero fueron testigos oculares y luego predicadores de la palabra. Yo también, después de comprobarlo todo exactamente desde el principio, he resuelto escribírtelos por su orden, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.
En aquel tiempo, Jesús volvió a Galilea con la fuerza del Espíritu; y su fama se extendió por toda la comarca. Enseñaba en las sinagogas, y todos lo alababan.
Fue a Nazaret, donde se había criado, entró en la sinagoga, como era su costumbre los sábados, y se puso en pie para hacer la lectura. Le entregaron el libro del profeta Isaías y, desenrollándolo, encontró el pasaje donde estaba escrito:
«El Espíritu del Señor está sobre mí,
porque él me ha ungido.
Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres,
para anunciar a los cautivos la libertad,
y a los ciegos, la vista.
Para dar libertad a los oprimidos;
para anunciar el año de gracia del Señor».
Y, enrollando el libro, lo devolvió al que le ayudaba y se sentó. Toda la sinagoga tenía los ojos fijos en él. Y él se puso a decirles:
- Hoy se cumple esta Escritura que acabáis de oír.”
(Lc 1,1-4, 4,14-21)
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