La Reflexión Semanal

El Evangelio del Domingo

LA PRESENCIA DE JESÚS RESUCITADO

Danos, Señor, la paz a la gente humilde,
no la paz sufrida y derrotada,
danos una paz valiente y fuerte,
danos una paz resucitada.

Arrebátanos el miedo que nos priva
de hacerle frente a la gente que nos revienta,
y haznos decididos en la osadía
por una vida nueva, limpia y recia.

Pues somos de ti los enviados
para hacer cosas grandes entre la gente,
líbranos –tú- del mal del desespero,
huya de nosotros la plaga de la pereza.

Tu Espíritu, fuerza y paz a un tiempo,
sobre nosotros baje en abundancia,
y con él el poder comunitario
para ser de los vencidos esperanza.
De entre nosotros, los que son desconfiados,
los miedosos, cobardes, perezosos,
dales fe, curadora de humanos males,
dales la fuerza, de los débiles curanderos.

En la lucha por el pan de nuestro sustento,
en medio de los trabajos de esta vida,
que sepamos, Señor, guardarte tiempo,
que crezca así el amor que nos anima.

Felices los que creen en un mundo nuevo,
con personas y pueblos diferentes,
a pesar de los fracasos y maldades que conocen,
felices, sí, felices esos creyentes.

 

 

Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo:
- Paz a vosotros.
Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió:
- Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo.
Y, dicho esto, exhaló su aliento sobre ellos y les dijo:
- Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos.
Tomás, uno de los Doce, llamado el Mellizo, no estaba con ellos cuando vino Jesús. Y los otros discípulos le decían:
- Hemos visto al Señor.
Pero él les contestó:
- Si no veo en sus manos la señal de los clavos, si no meto el dedo en el agujero de los clavos y no meto la mano en su costado, no lo creo.
A los ocho días, estaban otra vez dentro los discípulos y Tomás con ellos. Llegó Jesús, estando cerradas las puertas, se puso en medio y dijo:
- Paz a vosotros.
Luego dijo a Tomás:
- Trae tu dedo, aquí tienes mis manos; trae tu mano y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente.
Contestó Tomás:
- ¡Señor mío y Dios mío!
Jesús le dijo:
- ¿Porque me has visto has creído? Dichosos los que crean sin haber visto.
Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de los discípulos. Éstos se han escrito para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre.


(Jn 20, 19-31)

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